La Eucaristía y el Banquete Celestial

Las lecturas de este próximo domingo del tiempo ordinario (Domingo XXVIII) nos recuerdan que la Eucaristía es la anticipación del Banquete Celestial de las Bodas del Cordero. En estos tiempos, participar con devoción todos los días, si es posible, en la Santa Misa, nos ayudará a introducirnos ya en los tiempos mesiánicos. La Eucaristía es prenda de Vida eterna. Constituye como las arras que nos envía el Cielo en garantía de que un día será nuestra morada.


Los textos de la Misa son los siguientes:

Is 25, 6-10a. El Señor preparará un festín y enjugará las lágrimas de todos los rostros.
Sal 22. Habitaré en la casa del Señor, por años sin término.
Flp 4, 12-14. 19-20. Todo lo puedo en aquel que me conforta.
Mt 22, 1-14. A todos los que encontréis, convidadlos a la boda.

Reproducimos, a continuación, el comentario que se hace en la Biblia de Navarra a los textos de la Liturgia de la Palabra del Domingo XXVIII del tiempo ordinario.

— El banquete del Señor (Is 25,6-10a)
(1ª lectura)

El Señor ha preparado a todos los pueblos en el monte Sión un singular banquete, que describe con metáforas el reino mesiánico ofrecido a todas las naciones. Dios les hará partícipes de «manjares suculentos» y «vinos exquisitos». Así, se expresa de modo simbólico que el Señor hace partícipes a los hombres de alimentos divinos, que superan todo lo imaginable (vv. 6-8).

Estas palabras son una prefiguración del banquete eucarístico, instituido por Jesucristo en Jerusalén, en el que se entrega un alimento divino, el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor, que vigoriza el alma y es prenda de la vida futura: «La participación en la “cena del Señor” es anticipación del banquete escatológico por las “bodas del Cordero” (Ap 19,9). Al celebrar el memorial de Cristo, que resucitó y ascendió al cielo, la comunidad cristiana está a la espera de “la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo» (Juan Pablo II, Dies Domini, n. 38). De ahí que los santos frecuentemente hayan exhortado a considerar esta realidad a la hora de recibir la Eucaristía: «Es para nosotros prenda eterna, de manera que ello nos asegura el Cielo; éstas son las arras que nos envía el cielo en garantía de que un día será nuestra morada; y, aún más, Jesucristo hará que nuestros cuerpos resuciten tanto más gloriosos, cuanto más frecuente y dignamente hayamos recibido el suyo en la Comunión» (S. Juan Bautista María Vianney, Sermón sobre la Comunión).

El versículo 8 es citado por San Pablo, al afirmar gozoso que la resurrección de Cristo ha supuesto la victoria definitiva sobre la muerte (1 Co 15,54-55), y por el Apocalipsis, al anunciar la salvación que traerá el Cordero muerto y resucitado: «Y enjugará toda lágrima de sus ojos; y no habrá ya muerte, ni llanto, ni lamento, ni dolor, porque todo lo anterior ya pasó» (Ap 21,4; cfr también Ap 7,17). La Iglesia evoca asimismo estas palabras en su oración por los difuntos, por quienes pide a Dios que los reciba en su Reino «donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria; allí enjugarás las lágrimas de nuestros ojos, porque, al contemplarte como Tú eres, Dios nuestro, seremos para siempre semejantes a Ti y cantaremos eternamente tus alabanzas» (Misal Romano, Plegaria Eucarística III)

— El beneficio de la limosna (Flp 4,12-14)
(2ª lectura)

Las posibles dificultades que puedan presentarse en la vida no constituyen un obstáculo insalvable ni pueden ser ocasión de perder la paz. El cristiano cuenta con la fortaleza que Dios proporciona.

La generosidad de los filipenses emociona a San Pablo. No busca dádivas de los de Filipos, sino el fruto que a ellos mismos les reportarán sus limosnas: «No necesito, dice, ni busco nada necesario, sino que debéis usar únicamente de benevolencia, para que podáis recibir el fruto de vuestra benevolencia» (Mario Victorino, In epistolam Pauli ad Philippenses 4,17).

Como Dios es remunerador, resulta mucho más beneficiado quien da limosna que quien la recibe. Quien da recibirá la gloria eterna ganada por Cristo Jesús: «Que quien distribuye limosnas lo haga con despreocupación y alegría, ya que, cuanto menos se reserve para sí, mayor será la ganancia que obtendrá» (S. León Magno, Sermo 10 de Quadragesima 5).

— Los invitados a las bodas (Mt 22,1-14)
(Evangelio)

Esta parábola, muy semejante a otra que recoge San Lucas (cfr Lc 14,15-24), completa el significado de las dos que le preceden. Israel —representado por los primeros invitados— no sólo ha rechazado el banquete de Dios, su llamada a la salvación, sino que ha maltratado y matado a los siervos que le ha enviado su Señor. Por eso su destino es fatídico (v. 7). El rechazo de Israel lleva consigo una nueva iniciativa de Dios, que ahora llama a todos los hombres a la Iglesia, nuevo Pueblo de Dios. No obstante, como en las parábolas de la cizaña y de la red barredera (cfr 13,24-50), los que responden a la llamada son «malos y buenos» (v. 10), y no todos son dignos, porque no todos se han convertido, comprándose el traje de bodas.

Este episodio es así una llamada de alerta a quienes ya formamos la Iglesia: el fracaso de Israel (v. 7) señala el nuestro si no nos mostramos dignos de la elección (v. 13). «¿Qué debemos entender por el vestido de boda sino la caridad? De modo que entra a las bodas, pero no entra con vestido nupcial, quien, entrando en la Iglesia, tiene fe pero no tiene caridad» (S. Gregorio Magno, Homiliae in Evangelia 2,18,9).

A continuación trascribimos un mensaje de la Virgen a Marga, que nos aconseja cómo prepararnos, en esta “Hora Terrible” para poder celebrar las “Bodas del Cordero”:  

Mensaje de la Virgen a Marga (4 de septiembre de 2000)

Virgen:
(Abrí Ezequiel 6, 1-10)

Escucha, oh niña, escucha, aplica tu oído y aprende, distingue y «olfatea» los signos de los tiempos. Discierne la acción, la Voz de Dios, confía en su Palabra, ¡confía en su Juicio! Dios es Grande. Dios pone en marcha su plan sobre los hombres y nadie que confíe en el Señor y se acoja a su Plan quedará confundido.

Mira y verás a los impíos cómo cada vez más y más quedarán confundidos y enredados en sus torpes elucubraciones y nunca distinguirán ni reconocerán el Tiempo ni los acontecimientos predichos. Sólo servirá para su propia confusión, dolor y condenación. Porque previamente no quisieron acogerse a Sus Mandatos, negaron Su Nombre Santo, no Le quisieron servir. Y he aquí que éste es su merecido, perecerán entre grandes dolores en la Hora de la Muerte. Antes se desesperarán y se herirán y asesinarán unos a otros. Todo será dolor y muerte, condenación para ellos.

Niña, es Terrible esta Hora, estad preparados, el demonio os ronda como León rugiente. Defendeos. Yo os he dado mis Armas. Velad, velad y orad, enderezad al máximo que podáis vuestras vidas para que el Señor, cuando venga, no pueda imputaros nada. Reparad por lo que hicisteis.

Son tiempos duros, tiempos difíciles para los siervos del Señor. Tenéis que reparar, por vuestros males y por los que otros hacen, para que el Señor quiera al menos dejar un reducto de su Pueblo, que no le hirió, que no le fue infiel. Que al menos una parte del suelo no quede destruida, que haya supervivientes en Jerusalén. ¡Venid!, venid a mi Refugio. Sus Puertas permanecen todavía ahora abiertas. Aceptad todo y venid, ¡corred!, desproveeos de lo que os sobra. De los ropajes antiguos haced una hoguera, vestíos con las blancas vestiduras de los novios al encuentro de la novia. Entrad en Su Banquete, entrad en la dicha del Señor, ¡siervos fieles!

Creed, creed a mis profetas. Hoy, como ayer, Dios continúa enviándolos y tienen la especial protección de mis Manos Purísimas. Yo también los sostengo, Yo los preparo para su sublime misión. Creedlos, vienen de Dios.

¡Oh sí, niña!, Yo tiemblo también al pensar en esa Hora, al pensar en lo que os espera, ¡pero me inundo de gozo y me alegro!, ¡me alegro!, al contemplar las maravillas que el Señor va obrando ya y obrará en vosotros y ver el lugar que os tiene destinado para la eternidad, donde seréis dichosos para siempre. Y no podréis siquiera ahora atisbar una milésima parte de vuestro gozo. ¡Oh!, el más mínimo gozo de esas moradas es nada comparado con el máximo gozo de aquí en la tierra.

Bendito sea el Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo. Benditas las obras de sus Manos bendita su Naturaleza Humana, que tomó parte del barro para elevarlo a la condición de ser hijo de Dios. ¡Uníos, únete! a su Sacrificio, que perdura y perdurará por los siglos, que lava, salva, sana, cura, levanta y redime a los hombres, que les hace libres, que les abre las moradas eternas. ¡Oh, venid!, ¡venid todos!, las Puertas se abren, ¡venid antes de que llegue el día en que permanecerán cerradas por tres días hasta que El resucite a los hombres. ¡Venid ahora!, el tiempo se está acabando.

Venid a celebrar las Bodas con el Cordero. Venid a vuestra Salvación. Yo Soy la Madre de la humanidad. Apóstoles de los últimos tiempos ¡venid a reinar conmigo! ¡Venid a vuestra salvación!

Yo lo deseo ardientemente, porque es un Deseo de Dios. Proclamad, anunciad y llevad su Nombre Santo, su Sagrado Corazón hasta los confines del orbe.

Sí, cariño, ¡trabajad!, la mies es mucha y los obreros pocos, rogad al Señor que envíe obreros a su mies.

Cuidad y proteged a vuestros Sacerdotes, son el máximo don de Dios para vosotros. Rezad por ellos, sostenedlos con vuestras oraciones, dadles vuestro cariño. Por vosotros se entregan, sed fiel rebaño y cariñoso para ellos. Cuidadlos como oro en paño, ¡son mis hijos muy amados! Mi Corazón se derrite de gozo y de agradecimiento, de paz y amor pensando en ellos, en lo que han donado a Dios y en lo que donarán.




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