sábado, 25 de enero de 2014

Jesucristo: Luz en las sombras

Mañana celebraremos el Tercer Domingo del Tiempo Ordinario. Durante estas semanas, después de la Navidad y antes de la Cuaresma, la Iglesia nos invita a detenernos en la contemplación de los comienzos de la Vida Pública del Señor. Y también es una época especialmente propicia, al inicio del año civil, para descubrir la grandeza de la vida corriente.


Estas últimas palabras, que destacamos con negritas, son el título de una homilía de san Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei.

Hace unos días, la Santa Sede comunicó oficialmente la fecha y el lugar en el que se llevará a cabo la ceremonia de la beatificación de Don Álvaro del Portillo, primer sucesor de San Josemaría. Será beatificado, en Madrid, el próximo 27 de septiembre.

Don Álvaro, consagrado Obispo en los últimos años de su vida fue un hombre que supo descubrir la grandeza de la vida corriente y ordinaria. Tenía un carácter lleno de sencillez. Amaba las cosas pequeñas. Disfrutaba y daba gracias a Dios por todo. Infundía paz, por el buen humor y la normalidad con que acogía todos los sucesos de la vida; los buenos y los que parecerían “malos”, pero en los que él sabía también ver la voluntad de Dios.

A los treinta años de edad, recibió la ordenación sacerdotal y fue siempre un sacerdote ejemplar. La mayor parte de su vida la pasó, oculto, al lado de san Josemaría. Por especial gracia de Dios, destacó en la virtud de la humildad. Sonreía y callaba. Fue siempre muy dócil a la acción del Espíritu Santo en su alma. En definitiva, don Álvaro supo vivir la vida de Cristo en su propia vida.

Mañana los textos de la liturgia de la Palabra nos hablan de Cristo, Luz que brilla en la tierra de sombras (cfr. Is 8, 23b – 9, 3 y Mt 4, 12-23). Y nos invitan a tratar de contemplar los primeros pasos de la predicación del Señor en Galilea.

Galilea de los gentiles, camino del mar, tierra de Zabulón y Neftalí, era una región de Israel muy paganizada. Había, en tiempos de Jesús, mucha mezcla racial: griegos, romanos, sirios, fenicios…, y también judíos, pero con una fuerte influencia multicultural. En esa tierra es donde Cristo quiso comenzar su predicación del Reino de los Cielos.

También nuestro mundo actual está secularizado. También nosotros notamos muchas sombras y tinieblas a nuestro alrededor. Y Cristo —que vive, que es el mismo ayer hoy y siempre—, vuelve a iluminar hoy toda la realidad humana, con la misma fuerza que hace dos mil años.

Como a los que le escuchaban en la ciudad de Cafarnaúm, también a nosotros nos llama a la conversión: “convertíos porque está cerca el reino de los cielos” (Mt 4, 17).

Hoy, 25 de enero, termina el Octavario por la Unidad de los Cristianos y celebramos la fiesta de la Conversión de San Pablo, una ocasión  espléndida para reflexionar sobre la conversión. 

Y, lo primero que nos preguntamos es ¿qué significa eso de convertirse?, y ¿cómo podemos convertirnos? 

Convertirse es cambiar, ir de las sombras a la luz, de la visión puramente humana a la fe. Es tener una disposición abierta para volvernos hacia Dios. Lo se tiene que convertir es el corazón. De poco sirve cambiar algunas actitudes exteriores si no cambia nuestro interior. Y, para eso, es necesaria la penitencia y a contrición, es decir, el dolor sincero de nuestros pecados. Convertirse es decir al Señor: “Jesús, perdóname. Reconozco mis faltas, mis errores, mis negligencias, mis omisiones. Quiero cambiar. Detesto todo lo que me aparta de ti. Me gustaría ya nunca ofenderte. Dame tu Luz y tu Fuerza. Sin ti no puedo nada. Ayúdame a recomenzar mi vida cerca de ti. Lléname de tu Amor”; o como solía repetir con frecuencia san Josemaría: “enciéndeme, purifícame, enséñame a amar”.

Además de “iluminar” a los hombres con su Palabra, Jesús decidió, desde el principio, reunir en torno a sí a un grupo de hombres sencillos, pero fieles, que fueran como el fundamento de la Iglesia. Los apóstoles decidieron seguir al Señor inmediatamente. Bastó una llamada clara del Maestro para que dejaran todo: sus redes, sus barcas, a su padre…, todo.

Jesús quería dejar claro, en la práctica, la importancia de saber estar unidos. La Iglesia es la Comunión de los hombres con Dios y entre sí, en Cristo por el Espíritu Santo.

En la segunda lectura de la Misa, San Pablo se dirige a los Corintios para pedirles que sepan ponerse de acuerdo, que tengan un mismo lenguaje, que vivan unidos en un mismo pensar y sentir (cfr. 1 Co 1, 10-13.17). También eso es conversión: dejar atrás el egoísmo y la visión estrecha para abrazar a todos los hombres, en Cristo y unirnos con lazos de Amor verdadero.  

¿De qué lenguaje habla el Señor? Del lenguaje de la caridad. En nuestro mundo es importante conocer diversos lenguajes: los idiomas, el lenguaje de la ciencia, los lenguajes cibernéticos, los lenguajes de la mercadotecnia, etc. Pero el lenguaje más importante es el de la caridad. ¡Qué útil y trascendente es saber tratar bien a nuestros hermanos! ¡Cuánto se consigue sabiendo manejar bien el lenguaje de la comprensión, de la finura, de la buena educación, de la sensibilidad para hacernos cargos de la situación de los demás!

Es verdad que los hombres somos muy diferentes. Hay una gran variedad en la raza humana. Pero eso no debe producir divisiones entre nosotros. Al contrario, lo hemos de ver como una gran riqueza. Lo que San Pablo pedía a los de Corinto era que supieran convivir y no distanciarse unos de otros por pequeñeces.

¿Qué es lo que más separa a los hombres entre sí? La soberbia, el orgullo. En cambio, la humildad une, facilita todo, rompe barreras. 

Nos dice San Pedro en su primera carta: «Todos, en fin, inspiraos recíprocamente y ejercitad la humildad, porque Dios resiste a los soberbios, pero a los humildes da su gracia. Humillaos pues bajo la mano poderosa de Dios, para que os exalte al tiempo de su visita, descargando en su seno todas vuestras solicitudes pues el tiene cuidado de vosotros» (1 Pe 5, 5-7).

Y el apóstol Santiago: «Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes» (Sant 4, 6).

Jesús nos asegura que  son «bienaventurados los mansos (los humildes) porque ellos heredarán la tierra» (Mt 5,4).

Y San Pablo destaca la preferencia de Dios por los pequeños: «Eligió Dios la necedad del mundo para confundir a los  sabios y eligió la flaqueza del mundo para confundir a los fuertes; y lo plebeyo, el desecho del mundo, lo que no es nada, lo eligió Dios para destruir lo que es, para que nadie pueda gloriarse ante Dios» (1 Cor 1, 27-29).

Estas citas del Nuevo Testamento nos pueden ayudar a valorar la humildad como fundamento de la caridad y la unidad.     

San Juan María Vianney comenta lo siguiente sobre la virtud de la humildad: «Preguntaba un día Sta. Teresa al Señor porqué en otro tiempo el Espíritu Santo se comunicaba con tanta facilidad a los personajes del Antiguo Testamento, patriarcas o profetas, declarándoles sus secretos, cosa que no hace al presente. El Señor le respondió que ello era porque aquellos eran más sencillos y humildes, mientras que en la actualidad los hombres tienen el corazón doble y están llenos de orgullo y vanidad» (Cura de Ars, Sermones escogidos, Neblí, p. 563).

Y en un sermón sobre la humildad decía: «Se refiere en la Vida de San Antonio que Dios le hizo ver el  mundo sembrado de lazos que el demonio tenía preparados para hacer caer a los hombres en pecado. Quedó de ello tan sorprendido, que su cuerpo temblaba como la hoja de un árbol y dirigiéndose a Dios le dijo: “Señor ¿quién podrá escapar de tantos lazos?” Y oyó una voz que le dijo: “Antonio, el que sea humilde; pues Dios da a  los humildes la gracia necesaria  para que puedan resistir a la tentaciones; mientras que el demonio se divierte con los orgullosos que caerán en pecados en cuanto sobrevenga la ocasión. Pero a las personas humildes el demonio no se atreve a atacarlas”» (Sto. Cura de Ars, Sermón sobre la humildad).

Terminamos considerando brevemente la humildad de Nuestra Señora. Ella, dice un antiguo escritor, es como una gota de rocío: limpia y trasparente. Nosotros, como un charco de agua sucia. Ella es como un diamante puro. Nosotros, como un trozo de carbón. María tiene nuestra misma naturaleza, pero en Ella no hay obstáculos que la separen de Dios. Deja pasar toda la gracia. Porque Dios miró la humildad de su esclava, la llamarán bienaventurada todas las generaciones. Por eso es capaz de aplastar la cabeza del Dragón infernal. El diablo es impotente ante la humildad de María. 

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