Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob

La Palabra de Dios es viva y eficaz, y penetra como espada de dos filos hasta las coyunturas del alma (cfr. Heb 4, 12). Nuestra oración diaria ha de estar fundamentada en la Sagrada Escritura, principalmente en los Evangelios y en los Salmos.

Macabeos, de Wojciech Stattler (1844)

A continuación, haremos una reflexión orante de los textos del Domingo XXXII del Tiempo Ordinario (Ciclo C), que celebraremos el próximo 10 de noviembre.

2M 7, 1-2. 9-14. El rey del universo nos resucitará para una vida eterna.
Sal 16. Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor.
2Ts 2, 16-3, 5. El Señor os dé fuerza para toda clase de palabras y de obras buenas.
Lc 20, 27-38. No es Dios de muertos, sino de vivos.

Al recordar la historia, que nos relata el segundo libro de los Macabeos, de aquellos siete hermanos que, con su madre, prefirieron dar su vida, antes que su fe, y confesaron valientemente su esperanza en la vida eterna y en la futura resurrección, ¿no nos viene a la cabeza, inmediatamente, que quizá el Señor disponga que nosotros, algún día no muy lejano, nos encontremos en una situación parecida? Desde ahora, podemos acudir a nuestro Dios para pedirle la fortaleza necesaria para saber arrostrar también, con la misma valentía, la muerte, si es preciso, antes de “quebrantar la ley de nuestros padres”. Y diremos como uno de aquellos hermanos mártires: “Vale la pena morir a manos de los hombres cuando se espera que Dios mismo nos resucitará”.

Porque, al despertar, nos saciaremos del semblante del Señor (cfr. Sal 16). “Yo te invoco —le decimos al Señor— porque tú me respondes, Dios mío; inclina el oído y escucha mis palabras”. Para Él, somos más preciosos que las niñas des sus ojos. Confiamos en que Él nos esconderá bajo la sombra de sus alas.

En su Segunda Carta a los Tesalonicenses, San Pablo anima a estos primeros cristianos a perseverar en la fe, y pide a Jesús que los consuele y les dé fuerza para combatir al Maligno. Este texto recuerda otro, en el que San Pablo se dirige a los Corintios y, en breves palabras, hace toda una teología de la consolación: «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de las misericordias y Dios de toda consolación, que nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que también nosotros seamos capaces de consolar a los que se encuentran en cualquier tribulación, mediante el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios» (2 Cor, 1, 3-4).

El verdadero consuelo viene de Dios, que es el “Padre de toda consolación”. Viene al que está afligido, pero no se queda ahí, pues da fuerzas para que el afligido consuele a los otros.

Pero, ¿cómo consolar? Aquí está lo importante. Con una consolación divina, no humana. No limitándose a repetir los mismos tópicos: “ánimo”, “pon empeño”, “ya verás que todo se arregla”, “no te preocupes”, etc., sino trasmitiendo el auténtico consuelo que viene de la Sagrada Escritura, capaz de “mantener viva la esperanza” (Rom 15, 4). Así se explican los milagros que puede hacer una simple palabra, o un gesto, hechos en un clima de oración, con fe en la presencia del Espíritu Santo (Paráclito, es decir, Consolador). Es el mismo Dios que está consolando a través de mí.

En cierto sentido, el Espíritu Santo tiene necesidad de nosotros. Él quiere consolar, defender, exhortar, pero no tiene boca, manos, ojos para “dar cuerpo” a su consolación. O mejor dicho tiene nuestras manos, nuestros ojos y nuestra boca. El Espíritu lo lleva a cabo con los miembros de su cuerpo, que es la Iglesia.

Cuando San Pablo dice a los fieles de Tesalónica: “Consolaos mutuamente” (1 Tes 5-11), es como si les dijese: sed paráclitos para los demás. Esto nos recuerda la oración de San Francisco: “Que yo no busque tanto ser consolado como consolar, ser comprendido como comprender, ser amado, como amar”. Los actuales paráclitos son los voluntarios que se ocupan de los ancianos, de los enfermos en los hospitales, de los niños, de los pobres e indefensos… Los sacerdotes deben de ser paráclitos, que consuelan sobre todo con la Palabra y los Sacramentos: “Consolad a mi pueblo” (Is 40. 1).

En la lectura del Evangelio, San Mateo nos relata el encuentro de unos saduceos con Jesús. Como los integrantes de esta secta no creían en la resurrección de los muertos, el Señor aprovecha para hablarles de esta verdad fundamental de nuestra fe. Dios, es un Dios de vivos, no de muertos. Para Él, todos estamos vivos en su presencia. Nos ha creado con un espíritu inmortal y resucitará nuestra carne al final de los tiempos. Blas Pascal (1623-1662), experimentó cómo, aunque la filosofía nos ayuda a creer, no creemos propiamente en el Dios de los filósofos, sino en el Dios personal: “el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob”, el Dios con el que habla Moisés en la zarza ardiente, un Dios que es Amor.

Blas Pascal murió el 19 de agosto de 1662. Llevaba consigo, cosido al fo­rro de su abrigo, un papel de pergamino escrito diez años antes. Ese pergamino, que él llamaba memorial, contenía el recuerdo de una experiencia de Dios vivida una noche de noviembre mientras, a través de la Sagrada Escritura, buscaba el rostro del Dios viviente:
"FUEGO,
Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob,
        no de los filósofos y sabios.
Certeza. Certeza. Sentimiento, alegría, paz.
        Dios de Jesucristo.
Tu Dios será mi Dios.
        Ignorante del mundo y de todo excepto de Dios.
Sólo se encuentra por los caminos enseñados en el Evangelio.
        Grandeza del alma humana.
Padre justo el mundo no te conoció, pero yo te conocí.
        Alegría, alegría, alegría, lágrimas de alegría»".
Terminamos con la Secuencia de Pentecostés:
Ven, oh Santo Espíritu. Envía desde el Cielo un Rayo de tu luz… Consolador óptimo, Dulce Huésped del alma, Dulce refrigerio. En la fatiga reposo, frescura en el calor, consuelo en el llanto…

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