La sonrisa de las niñas de Garabandal

Durante el Tiempo Pascual, cada año, volvemos a recordar la Resurrección del Señor. ¡Cristo ha resucitado verdaderamente! ¡Éste es el día que hizo el Señor, regocijémonos! La Resurrección de Jesús es un estallido de Luz, de alegría y de paz que envuelve al mundo entero. 

La sonrisa de Conchita

La pequeña luz que el Señor encendió en nuestro Bautismo, se une a otras miles y millones de lucecitas que brillan en el mundo. Es verdad que la noche es oscura, pero sabemos que la Luz de Cristo vence a la Oscuridad y que algún día, no muy lejano, la Luz lo llenará todo, como sucede en las iglesias católicas el día de la Vigilia Pascual. La Luz del Cirio Pascual, que representa a Cristo, acaba por iluminar el templo entero. 
"El tiempo pascual es tiempo de alegría, de una alegría que no se limita a esa época del año litúrgico, sino que se asienta en todo momento en el corazón del cristiano. Porque Cristo vive: Cristo no es una figura que pasó, que existió en un tiempo y que se fue, dejándonos un recuerdo y un ejemplo maravillosos. No: Cristo vive. Jesús es el Emmanuel: Dios con nosotros. Su Resurrección nos revela que Dios no abandona a los suyos" (Josemaría Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa, n. 102).
El gozo y la paz son frutos del Espíritu Santo. Y son también dos características que están presentes, con gran profusión, en las apariciones de la Virgen en Garabandal.   

Nuestra Señora, por ejemplo, siempre avisaba a las niñas antes de cada aparición. Dice Conchita en su Diario: 
(…) era como una voz interior, pero que no la oíamos con los oídos, ni oíamos llamar con nuestros nombres: es como una alegría. Son tres llamadas: la primera es una alegría más pequeña, la segunda ya es algo mayor, pero a la tercera ya nos ponemos muy nerviosas y con mucha alegría. Entonces ya viene y nosotras íbamos a la segunda llamada porque si íbamos a la primera teníamos que esperar allí hasta muy tarde; porque de la primera a la segunda, tarda mucho” (Diario de Conchita, del día 3-VII-1961). “Ella traía a nuestra alma una paz y alegría muy profundas y muchas ganas de amarla más, su hablar y su sonrisa nos hacen querer y amar más a la Virgen y entregarnos completamente a Ella” (Ibidem).
“Desde febrero de 1963 y durante 1964 se suspendieron casi totalmente las apariciones de la Virgen, sin que Ella se lo hubiera anunciado. Decía Conchita en una carta de febrero: ya hace una temporada que no la tenemos… No sé cuándo se nos volverá a aparecer la Virgen, porque ella no se despidió ni nos dijo nada”. Fueron sustituidas por locuciones interiores, tanto de Jesús como de María. La primera de Conchita tuvo lugar en marzo de 1963. En esa época, Conchita, la más segura de las cuatro, tenía dudas sobre la verdad de lo ocurrido y también sobre el Milagro que ella había anunciado, a pesar de que el Ángel, el día 15 de enero de este año, le había anunciado la fecha del mismo. Escribe en su Diario: Yo también he dudado un poco de que el milagro vendría. Y un día, estando en mi habitación, dudando de si vendría el milagro, oí una voz que me decía: Conchita, no dudes de que mi Hijo hará un Milagro. Fue la primera locución que escuchaba, y la dejó llena de una gran paz y alegría, más que cuando veía a la Virgen. Cuenta que lo sintió en su interior, sin palabras, pero tan claro como si fuera por los oídos. Estas locuciones las describe en su Diario como voz de alegría, voz de felicidad, voz de paz. Comenzaron a repetirse con una periodicidad mensual. También Loli comenzó a tenerlas” (Con Voz de Madre, p. 110).

En junio de 1965, un enviado de un diario barcelonés le hizo una entrevista a Conchita (cfr.  Con Voz de Madre, p. 117).
–¿Estás contenta? –le pregunto.
–Contentísima, señor. Siento una gran alegría.
–¿Por qué?
–Porque hoy veré al ángel, y esto es maravilloso (…).
–¿Qué sientes cuando se te aparece la Virgen?
–Una angustia (emoción) muy fuerte, que sube del pecho a la garganta... y que se hace luego una luz maravillosa.
Después de haber tenido su última aparición en Garabandal, el 13 de noviembre de 1965, Conchita escribió lo siguiente:
Se ha pasado ese feliz rato que he pasado con mi Mamá del Cielo y mi Amiga, y con el Niño Jesús. Los he dejado de ver pero no de sentirlos. De nuevo han sembrado en mi ánimo una paz y una alegría y unos grandes deseos de vencer mis defectos para conseguir amar con todas mis fuerzas, a los Corazones de Jesús y de María, que tanto nos quieren” (Con Voz de Madre, pp. 122-123).
Hay cientos de testimonios de peregrinos y viajeros que han estado en Garabandal alguna vez, y que han experimentado de modo especial un gozo profundo y una gran paz.

Quienes tuvimos la fortuna de presenciar éxtasis de las niñas, cuando se les aparecía la Virgen, quedábamos también llenos de alegría. Sólo con ver la sonrisa en el rostro iluminado de las videntes, bastaba para sentir una especie de contagio de alegría que permanecía durante todo el día. Cuando bajábamos de la montaña, de regreso a nuestros lugares de partida, íbamos muy contentos por haber estado tan cerca de Nuestra Señora.   

Terminamos con unas palabras de José Luis Martín Descalzo, a propósito de la sonrisa (cfr. Razones, p. 317):
Si yo tuviera que pedirle a Dios un don, un solo don, un regalo celeste, le pediría, creo que sin dudarlo, que me concediera el supremo arte de la sonrisa. Es lo que más envidio en algunas personas. Es, me parece, la cima de las expresiones humanas. 
Pero la gran pregunta es, me parece, cómo se consigue una sonrisa.
Yo diría que una buena sonrisa es más arte que herencia: algo que hay que construir pacientemente, laboriosamente. ¿Con qué? Con equilibrio interior, con paz en el alma, con un amor sin fronteras. La gente que ama mucho sonríe fácilmente. ¿Cómo se logra esto? Dejando que la alegría interior vaya iluminando todo cuanto a diario nos ocurre. En toda sonrisa hay algo de transparencia de Dios, de la gran paz. La sonrisa es un signo visible de que nuestra alma está abierta de par en par”.

Comentarios

  1. Maravillosas sonrisas, que no pueden sino ser reflejo palidísimo de aquéllas de Nuestra Señora del Carmen.

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