"Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu"

Y Jesús, clamando con una gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y diciendo esto expiró” (Lc 23, 46). 


En tus manos encomiendo mi espíritu”. Jesús, antes de expirar manifiesta, con una gran voz, su abandono total en las manos de su Padre. Era lo habitual en Él. Su alimento era cumplir la voluntad de su Padre Celestial (cfr. Jn 4, 34). Pero ahora, en el momento supremo quiere gritarlo a todos los vientos, para que los hombres sepamos con certeza que esa es la gran lección que nos quiere dar: contar con nuestro Padre Dios para todo, confiar en Él plenamente

En el siglo XVII, el sacerdote español Miguel de Molinos fue el fundador del “quietismo”. En su Guía espiritual que desembaraza el alma y la conduce por el interior camino para alcanzar la perfecta contemplación y el rico tesoro de la paz interior, publicada en 1675, enseñaba la pasividad en la vida espiritual y mística. No había que preocuparse de nada, pues Dios Providente se encargaba de arreglarlo todo. Era un espiritualismo desencarnado que menospreciaba el esfuerzo humano para alcanzar la santidad. Es verdad que Dios tiene siempre la iniciativa, pero cuenta también con nuestra lucha ascética. “Dios que te creó sin ti —escribe San Agustín—, no te salvará sin ti”. 

El “abandono” en Dios, necesario en nuestro camino de santidad, no consiste en ser “quietista”. La vida es lucha y Dios quiere que nos esforcemos para orar, para amar, para trabajar…, en definitiva, para ser buenos hijos suyos. Sin embargo, en esta época nuestra de activismo, nos ayuda mucho recordar que, antes que nada, quiere que nos pongamos en sus manos, especialmente cuando se presenta muy cercano un futuro de pruebas y tribulación. 

Recuerdo que hace años un amigo, que era filósofo pero, a la vez, un hombre de empresa, me confesó que todas las noches, cuando estaba en la cama antes de dormir, repetía varias veces las palabras de Jesús antes de morir: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Así podía descansar lleno de paz, abandonado en Dios. 

San Josemaría Escrivá de Balaguer, escribe en la Séptima Estación de su Vía Crucis: 
Me has dicho: Padre, lo estoy pasando muy mal. Y te he respondido al oído: toma sobre tus hombros una partecica de esa cruz, sólo una parte pequeña. Y si ni siquiera así puedes con ella,... déjala toda entera sobre los hombros fuertes de Cristo. Y ya desde ahora, repite conmigo: Señor, Dios mío: en tus manos abandono lo pasado y lo presente y lo futuro, lo pequeño y lo grande, lo poco y lo mucho, lo temporal y lo eterno. Y quédate tranquilo”. 
Esta oración la repetía mi padre frecuentemente al final de su vida, durante su última enfermedad, cuando veía el futuro cerrado. Le hacía mucho bien. En un sencillo recordatorio que hicimos con motivo de su fallecimiento, transcribimos la oración que tanto le gustaba. 

San Josemaría también decía frecuentemente esta jaculatoria: "Señor, me abandono en ti, confío en ti, descanso en ti". 

Jesús pidió a Santa Faustina Kowalska que repitiera mucho la siguiente invocación: “Jesús, en Ti confío”. 
Las gracias de Mi misericordia —le decía a Santa Faustina —se toman con un solo recipiente y este es la confianza. Cuanto más confíe un alma, tanto más recibirá. Las almas que Me confían sin límites son mi gran consuelo y sobre ellas derramo todos los tesoros de mis gracias. Me alegro de que pidan mucho porque mi deseo es dar mucho, muchísimo” (Diario, 1578). 
Los santos han sabido abandonarse en Dios y así, obtener una paz que el mundo no puede dar. 

El Beato John Henry Newman, por ejemplo, cuando en 1833 hizo un viaje por Italia y estando en Sicilia, padecía mucho física y espiritualmente, compuso una poesía en la que se abandona totalmente en Dios: 
Lead, kindly Light, amid the encircling gloom, Lead Thou me on! The night is dark, and I am far from home, Lead Thou me on! Keep Thou my feet! I do not ask to see The distant scene; one step enough for me”. «Guíame, Luz Buena, entre tanta tiniebla espesa, ¡llévame Tú! Estoy lejos de casa, es noche prieta y densa, ¡llévame Tú! Guarda mis pasos; no pido ver confines ni horizontes, sólo un paso más me basta». 
Es un canto a la confianza en Dios el comienzo de una letrilla que Santa Teresa de Jesús llevaba por registro en su Breviario: 
Nada te turbe;
nada te espante;
todo se pasa;
Dios no se muda,
la paciencia
todo lo alcanza.
Quien a Dios tiene,
nada le falta.
Solo Dios basta
”.
En los mensajes que recibe  María Divine Mercy aparece más de cien veces la expresión "Trust in Me" ("Confiad en Mí"). A continuación, para terminar, traducimos parte del mensaje del 17 de agosto de 2011:
"La confianza, en Mis hijos, es muy importante. Trae mucha alegría a Mi Sagrado Corazón, cuando siento vuestro amor. Sin embargo, es sólo cuando confiáis en Mí y soltáis todas vuestras preocupaciones pasándomelas a Mí, que yo puedo hacerme cargo de ellas, y sólo entonces podréis tener una verdadera sensación de paz (…). Deteneos y rezad: “Jesús, yo te entrego todas mis preocupaciones en este asunto, confiando en que el problema es ahora Tuyo, para que lo resuelvas de acuerdo a Tu Divina Voluntad”. Sólo entonces vuestras mentes podrán estar en paz. A esto me refiero cuando hablo de “confianza”, hijos. La confianza en Mí significa que vosotros demostréis una gran Fe. Tened Fe en Mí, Yo he muerto por vuestros pecados, por cada uno de vosotros, los que vivís en esta época. ¿Por qué no confiáis en Mí?".

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