Pablo VI y Garabandal

El 20 de diciembre pasado Benedicto XVI autorizó a la Congregación para las causas de los santos la promulgación del decreto referido al reconocimiento de las virtudes heroicas del siervo de Dios Pablo VI, fallecido el 6 de agosto de 1978. 

Escudos de Pablo VI y Benedicto XVI
Pablo VI, el Papa que llevó a cabo los trabajos del Concilio Vaticano II y después tuvo que sufrir el gran bache del postconcilio, fue un hombre lleno de sabiduría humana y de intensa vida espiritual. Quisiera expresar en este espacio, de alguna manera, mi devoción a este Papa que, si Dios quiere, muy pronto veremos en los altares.
 
Recuerdo muy bien el primer viaje que hice con mis padres y mis hermanas a Roma. Fue en la Semana Santa de 1964. Yo tenía 15 años de edad. Estábamos en pleno Concilio Vaticano II. Aún resonaba en todos nosotros la visita que habíamos hecho a Garabandal hacía menos de dos años, y que tanto influiría en nuestras vidas. 
 
También conservo en la memoria la primera vez que vimos al Papa. Pablo VI pasaba en la Silla Gestatoria por la Plaza de San Pedro. Esa imagen se me quedó muy grabada en el corazón, porque desde entonces tengo más amor al Romano Pontífice: a Pablo VI y a todos sus sucesores. En aquella ocasión, contribuyó a aumentar mi cariño al Papa otro detalle, aparentemente sin importancia: el regalo que recibí del sacerdote que nos enseñó Roma. Es una Bendición Apostólica del Papa, con indulgencia plenaria a la hora de la muerte, que aún conservo y que dice así: 
Beatísimo Padre N. N. humildemente postrado a los pies de Vuestra Santidad suplica la Bendición Apostólica e Indulgencia Plenaria “in artículo mortis”, aún en caso de que, no pudiendo confesar ni comulgar previo un acto de contrición pronuncie con la boca o con el corazón el Nombre Santísimo de Jesús”. 
Al final, en letra manuscrita, con fecha del 8 de abril de 1964, está la concesión de lo que se pide y la firma del Arzobispo encargado con el sello papal.
 
Hay otro lazo que me une de manera particular a Pablo VI: fue el papa que más relación tuvo con las apariciones de Garabandal. Se sabe que el 19 de agosto de 1965, ya había leído el “Diario de Conchita” (una de las cuatro niñas a las que se les apareció la Virgen en Garabandal) y “la Estrella en la Montaña” (libro sobre esas apariciones).
 
En enero de 1966, Conchita González fue por primera vez a Roma. En aquella ocasión tuvo una entrevista con los encargados del Santo Oficio que luego informaron al Papa. De una manera imprevista, Conchita pudo hablar con el Papa, que iba en la Silla Gestatoria y dio una indicación para que la dejaran en el suelo. Al final de la conversación, Paulo VI le dijo a Conchita: “Conchita, yo te bendigo, y conmigo te bendice toda la Iglesia”.
 
Por aquella época, el Padre Javier Escalada, en una audiencia con el Santo Padre le preguntó si podía difundir los mensajes de Garabandal y le comentó que había mucha oposición a ellos. El Papa le dijo: “No importa, diga a esas gentes que es el Papa quién desea se hagan públicos esos Mensajes y a la mayor urgencia”. Y luego comentó: “Es la historia más hermosa de la Humanidad desde el Nacimiento de Cristo. Es como la segunda vida de la Santísima Virgen en la tierra, y no hay palabras para agradecerlo” (ver la historia completa en Virgen de Garabandal y Garabandal mensajes y estudios).
 
Debo añadir que el P. Escalada, jesuita, nació en Elizondo (Navarra), estuvo en Japón unos años y luego vivió el resto de su vida en la Ciudad de México. Fue muy amigo de mis padres. Dio la Primera Comunión a mis dos hermanos menores y estuvo en mi ordenación sacerdotal, en Madrid. En esa ocasión también me impuso las manos junto con otros sacerdotes. Era el 8 de agosto de 1976, 15° aniversario del día en que su compañero jesuita, el P. Luis María Andreu, en Garabandal, vio el Milagro anunciado por la Virgen; como se sabe, el P. Andreu murió al día siguiente, durante su viaje de regreso a Valladolid: ver historia completa). 
 
El día 5 de enero de 1964, Pablo VI visitó la iglesia de la Anunciación en Nazaret. En su preciosa alocución habló de la Sagrada Familia, del ambiente de la Casa de Nazaret, y de las lecciones que podemos aprender de Jesús, María y José: su amor al silencio, su sencilla y alegre vida en familia, su trabajo hecho con perfección y ofrecido a Dios… Vale la pena meditar esas palabras del Papa, especialmente ahora que el proceso de su causa de canonización ha dado un paso decisivo (ver la alocución completa).

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